“TOMASÍN, EN LUGARES SALVAJES” Eduardo Lagar

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La crónica de un crimen nunca debe quedarse en el simple relato de la muerte, la condena y el olvido. Un asesinato siempre tiene unos protagonistas, un telón de fondo, parte de unas raíces y crece hasta tener consecuencias. Y ese hecho esencial y extraordinario que es un crimen contiene múltiples ramificaciones en este libro que aborda el deterioro del mundo rural, la huida de un hombre de la sociedad, el maltrato familiar y la evolución de un ser débil que se convierte en el asesino de su hermano, hasta ser visto como un héroe por sus vecinos.

En este libro se recoge la crónica periodística, fruto de dos años de investigación, que realizó el periodista de La Nueva España, Eduardo Lagar, sobre el asesinato de Manuel Rodríguez Villar a manos de su hermano Tomás, conocido como Tomasín. El suceso, que tuvo lugar en 2011, conmocionó a los asturianos y la detención de Tomasín provocó que un grupo de personas vitorearan y aplaudieran al entonces presunto asesino de su hermano. Tomasín, un ganadero, pastor de vacas, de entre 20 y 30 años, como él mismo se definió, había vivido hasta entonces en la aldea de La Llaneza, habitada por sólo tres familias, y llegó a ser conocido popularmente como “El Rambo de Tineo”, en el montañoso y despoblado suroccidente de Asturias.

La aparición del cadáver de Manuel junto a la cabaña del bosque, donde se refugiaba Tomasín para sobrevivir al margen del mundo, desencadenó una búsqueda de casi dos meses, en la que vecinos y medios de comunicación lo visualizaron como una especie de héroe, capaz de fundirse con el bosque y defenderse del maltrato al que había sido sometido por su hermano durante años. ¿Y qué hay de cierto en esa imagen?

“¿Somos lo que vemos en el espejo o somos como nos ven los demás? ¿Seremos lo que dicen de nosotros, seremos como nos llaman? Si eso fuera así, si es que las palabras moldean y acotan nuestras percepciones, entonces aceptemos que el mundo es el nombre que damos al mundo. Y un hombre es su nombre.”

Eduardo Lagar buscó respuestas en las percepciones de todos los que rodearon a Tomasín en aquellas fechas y las ha plasmado en este libro que rebusca entre los detalles hasta completar un puzle que deja entrever, en las razones del crimen, la esencia humana más allá de los lugares salvajes por los que transita su protagonista. El nombre de Tomasín llegó a transformarse en el de “El Rambo de Tineo” y fue tragado por el bosque como un animal más que sobrevive en un mundo derrotado.

“El mundo de Tomasín es un mundo derrotado. Nadie siega los prados para alimento de las reses. Nadie mira por el monte y el matorral avanza, la selva avanza, el bosque se llena de maleza y se cierne sobre este universo campesino ya disfuncional. Avanza sobre el hombre. Tomás es el primero en ser devorado por esta poderosa bestia vegetal que es la auténtica dueña y señora de Asturias: la naturaleza”.

La Asturias rural es un entorno donde  “mueren más de los que nacen. Los jóvenes emigran. Es un goteo hacia la nada.”  Y en ese escenario abocado a la soledad, la historia de Tomasín se convierte en universal. Si esta narración trasciende es porque se puede leer pisando el asfalto de Madrid y recorriendo las calles entre edificios que tapan el sol. No es difícil que la imaginación juegue con los escenarios; se puede cambiar el verde de la hermosa Asturias por los grises y ocres de una gran ciudad y llegar a la conclusión de que la selva que nos devora está en cualquier parte donde la soledad, la marginación y la supervivencia marquen la naturaleza humana.

Para saber más de este libro y su apasionante historia os dejo este enlace con toda la información sobre él y su autor:

http://enlugaressalvajes.com/

 

“EL CAMPEÓN HA VUELTO” J.R. Moehringer

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“Todo hombre es un misterio. ¿Cuándo desvelar el misterio de otro hombre y cuándo respetarlo?”

La pregunta que se plantea en la portada de la obra de J.R. Moehringer define bien la intención del periodista al escribir esta historia: desentrañar un misterio, sacar a la luz una verdad oculta, “revelar las razones de quien desaparece y disuelve su identidad”, dejando atrás fama y familia. Se trata de una de las obsesiones que ha perseguido hasta ahora en su exitosa trayectoria Moehringer, ganador del premio Pulitzer, que profundiza en otras vidas con el afán de un buscador de tesoros que se enriquece al curar heridas con porqués  y conjurar sus propios fantasmas.

“El campeón ha vuelto” es un reportaje que fue publicado en 1997, cuando Moehringer trabajaba en Los Angeles Times. Desencantado por la rapidez y superficialidad del periodismo, se propone abordar la verdadera historia de Bob Satterfield, un famoso boxeador de los años 50, que viviría su vejez en la calle como un mendigo. Y emulando al capitán Ahab, el periodista se lanza tras su Moby Dick particular hasta localizar e intimar con un hombre que dice llamarse “el Campeón” y ser el mismísimo Satterfield.  Pero confirmar su identidad resultará todo un reto para Moehringer que llega a enlazar las sensaciones que descubre en “el Campeón” con las suyas propias.

Ese hombre le ofrece “un regreso a la felicidad perfecta del periodismo”: poder desentrañar la personalidad de un hombre que se le presenta como “puro de corazón”, noble e inocente, a pesar de brutalidad de lo que había sido su profesión, con el sentido arcaico del boxeo.

“A veces golpear a un hombre es la respuesta más satisfactoria al hecho de ser hombre…  A partir de la brutalidad, la claridad… La parte más básica del cerebro se apacigua…”

La fascinación de Moehringer por el boxeo es absoluta. De hecho, confiesa en el prólogo de esta edición que concibe la vida como “una pelea sangrienta”. Todos estamos librando una pelea cada día contra alguien o contra algo: un mal trabajo, un jefe cruel, una enfermedad, un dolor, una duda…

“Sea cual sea el caso… has planificado el día alrededor de esa pelea. Esa pelea te define, te da forma, tal como debe ser y seguirá siéndolo hasta que se declare un vencedor, y entonces empieza la siguiente pelea, y la siguiente, hasta que llegues a la última pelea de tu vida, que perderás…”

Moehringer ignora la antigua (y casi abandonada) máxima del periodismo que advertía que un periodista no puede ser protagonista de la información. Defiende lo que le importa a nivel personal como el hecho esencial del que surge la escritura. Y de este modo, sus propios valores están muy presentes en la historia de “el Campeón”:

“Padres e hijos. Ganadores y perdedores. Realidad y ficción. Masculinidad, valor, cuestiones de identidad…”

“Siempre que me sentía inseguro, desanimado, asustado, regresaba a aquel hecho esencial del que toda escritura debía surgir siempre: A mí me importa.”

La primera noticia que tuvimos sobre Moehringer en nuestro país fue gracias al éxito de la magistral autobiografía del tenista André Agassi “Open”, que arrasó entre la crítica y cubrió al periodista de halagos y parabienes. Y gracias a ese éxito, pudimos ver publicado en España su propio relato vital: “El bar de las grandes esperanzas” y después “El campeón ha vuelto”. Confiemos en que Moehringer tenga aún muchos más misterios que desvelar…

 “Alcanzar la madurez implica cuándo desvelar el misterio de otro hombre y cuándo respetarlo.”

 

 

EN LA BIBLIOTECA: DE GRISHAM A LANDERO

“La biblioteca protege de la hostilidad exterior, filtra los ruidos del mundo, atenúa el frío que reina en los alrededores y da, también, una sensación de omnipotencia. Y es que la biblioteca multiplica las míseras capacidades del hombre: es un concentrado del tiempo y del espacio.” Jacques Bonnet.

 

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Diez meses y un centenar de libros después regreso al blog para recuperar la memoria de millones de palabras devoradas con placer, después de rescatarlas de las estanterías de la biblioteca y después de comprobar que trabajar en una de ellas es el sueño cumplido de una lectora insaciable. En estos meses pasé de ser una usuaria que perdía las horas dudando entre un libro u otro por no poder quedárselos todos, a tener el privilegio de prestárselos a otros lectores, a disfrutar del lujo de prepararlos nuevos, con aroma y suavidad de recién nacidos, a dedicar horas a cuidarlos y ordenarlos, dispuestos al alcance de todos. Pude, por fin, adorarlos cuando se desperezaban a la luz del amanecer, admirarlos con devoción,  y aguardar junto a ellos a que alguien les sacara de su infinita espera, apretados unos junto a otros, silenciosos como sabios pacientes, en las estanterías de la biblioteca.

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“El libro es la valiosa materialización de una emoción o la posibilidad de sentirla algún día, y separarse de él sería correr el riesgo de crear un grave vacío”. En su obra “Bibliotecas llenas de fantasmas”, el bibliófilo y escritor francés, Jacques Bonnet añade que, a veces, “no queda más que el recuerdo de la emoción sentida durante la lectura” y nada preciso sobre el contenido. “El libro va a vivir su propia vida en nuestra memoria…”

Y en mi memoria vivirán, a su manera, hallazgos magníficos como “La leyenda del ladrón” de Juan Gómez-Jurado; “Cabaret Biarritz” de Jose C. Vales; “El bolígrafo verde” de Eloy Moreno; el divertidísimo “Venirse arriba” de Borja Cobeaga y Diego San José; “El asesino hipocondriaco” de Juan Jacinto Muñoz Rengel; “Ojos de agua” de Domingo Villar y “Los laberintos del espejo” de Alfonso S. Palomares.

Excelente y toda una revelación “Vive como puedas” de Joaquín Berges. “El verano de los juguetes rotos” de Toni Hill. “El secreto de Vesalio” de Jordi Llobregat y la estremecedora “Intemperie” de Jesús Carrasco.

Permanecerán también valores seguros que no defraudan, escritores consolidados, como “Hombres buenos” de Arturo Pérez Reverte; “El periodismo es un cuento” de Manuel Rivas; “Número cero” de Umberto Eco; “Open”, la biografía de André Agassi escrita por el magnífico J. R. Moehringer; “El atentado” de Yasmina Khadra; “El lémur” de Benjamin Black, el seudónimo elegido por John Banville para transitar por la narrativa policiaca; “El verano del inglés” de Carmen Riera”; “Vía revolucionaria” de Richard Yates; “El sueño de la muerte” de Philip Gooden; “Un millonario inocente” de Stephen Vizinczey; “Ve y pon un centinela” de Harper Lee; “La neblina del ayer” de Leonardo Padura; “La leyenda del santo bebedor” de Joseph Roth; “Blanco nocturno” de Ricardo Pligia; “84, Charing Cross Road” de Helene Hanff; “Un hombre llamado Ove” de Fedrik Bakman y “La soledad de los números primos” de Paolo Giordano.

Durante estos meses he vagado entre libros sin prejuicios, sin ceñirme a ninguna etiqueta. Jamás me ha importado si eran los más vendidos o los más infames; si eran novelas literarias o de entretenimiento. La emoción no entiende de límites y cualquier lector, como un conquistador infatigable, puede descubrir a tiempo el libro que se ajusta al estado de su alma. Más allá de categorías quise volver, como vuelvo siempre, a mi inmortal José Hierro o a probar la poesía de jóvenes como Marwan o Defreds. Quise viajar entre historias ciertas e imposibles y enamorarme de personajes sin orden ni concierto; quise que nadie dirija la música que suena, el corazón que lee, ni la mano que escribe…

“Es la mano que escribe, la música de la escritura, lo que hace posible que quien lee se sienta próximo a una vida y a un mundo”. Giulia Alberico

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Así llegué también a compartir mis horas con manos de mujer, con escritoras brillantes que dominan intriga y sensibilidad como “Muerte entre poetas” de Ángela Vallvey; “Hermana” de Rosamund Lupton; “Cicatriz” de Marta Sanz; “El jurado número 10” de Reyes Calderón; “Betibú” de Claudia Pineiro. “Muertos de papel” y “Hombres desnudos” de Alicia Giménez-Bartlett.

Y mujeres que, entre pasado y presente, dejan palabras de ternura y el amor inevitable en cada historia: “Al llegar la primavera” de Milly Johnson; “El cielo en un infierno cabe” de Cristina López Barrio; “Nosotras que lo quisimos todo” de Sonsoles Ónega; “Las puertas del paraíso” de Nerea Riesco; “La gente feliz lee y toma café” Agnes Martin-Lugand; “El despertar de la señorita Prim” de Natalia Sanmartín; “La felicidad es un té contigo” de Mamen Sánchez; “Un dulce par de senos” de Giuseppina Torregrosa y la impresionante “Nunca olvides que te quiero” de Delphine Bertholon.

En ellos estoy, con ellos seguiré y junto a los que vengan, seré…

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“En los libros leídos está la sombra, el rastro de lo que fuimos…”

Luis Landero.

“El balcón en invierno”

 

 

Dedicado a mis queridos “maestros” Pilar y Alberto. 
A las compañeras de la Biblioteca Central.
Y a todos los que trabajan en las bibliotecas de San Sebastián de los Reyes. 
Gracias por todo. 

“SIETE VIDAS” John Grisham

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La primera colección de relatos de John Grisham nos traslada a Missisippi, el mismo lugar donde está ambientada su primera novela, la que le lanzó al olimpo del best-seller: “Tiempo de matar”. Pero antes de vender millones de ejemplares con sus intrigas del mundillo judicial, Grisham desplegó una visión intimista y crítica de su tierra sureña en estos siete relatos, con siete vidas como protagonistas. Son historias intensas y profundas, donde los personajes están condicionados por un entorno social, -plagado de prejuicios sociales y religiosos-, que marcará sus decisiones en momentos críticos y en el filo de la legalidad. Grisham demuestra sus mejores cualidades como narrador, con esa prosa sencilla pero precisa, que es capaz de tocar la cuerda necesaria en cada párrafo para estirar la atención, irremediablemente, hasta el siguiente.

Conoceremos, por ejemplo, la historia de dos jóvenes que terminan cumpliendo condena como delincuentes, pese a que el objetivo inicial de su viaje era tan altruista como donar sangre para un amigo; la buena fortuna de un abogado que aprovecha una inesperada indemnización para escapar de su fracasada vida; la lección que recibe un empresario fullero que trata de poner en marcha un casino y acaba arruinado por el marido de su amante o el arte para el timo de un tipo que cuya ocupación es ser celador en residencias de ancianos para quedarse con las herencias. Eso sí, como una especie de justiciero, antes de marcharse, consigue que salgan a la luz las negligencias en el cuidado de los ancianos.

Grisham garantiza entretenimiento, originalidad y una mirada comprensiva y conmovedora en sus relatos, aunque en ninguno ofrece moralejas o sermones morales. Los hechos hablan por sí solos hasta el punto final. Son, por sí mismos, la realidad y su denuncia. Es el caso de relato en el que cuenta la ejecución del asesino de un policía, condenado a muerte en la cámara de gas. Uno de los temas recurrentes de este escritor en sus novelas que, en esta ocasión, sitúa en el entorno de una familia problemática y compleja que se enfrenta al drama con ironía y descarnada naturalidad. Leeremos con detalle el momento de la ejecución, descrito con precisión estremecedora, sin más adjetivos que los necesarios para transmitir al lector su crueldad y la injusticia que se oculta tras ella.

Pese a todo, Grisham no olvida sentimientos íntimos como la ternura en la historia de un hombre, enfermo de sida, que regresa a su hogar para vivir sus últimos días. Sentirá con especial virulencia el rechazo de unos vecinos cotillas y cobardes, temerosos de ser contagiados por la enfermedad, además del rechazo por su condición de homosexual. La entrañable mujer negra que lo cuida hasta el final, tendrá que sufrir idéntico aislamiento, y comprobará que el contagio de los prejuicios se extiende como la más peligrosa epidemia y es una enfermedad aún más grave y mortal para el ser humano.

Y para terminar, destacaría un relato que, en mi opinión, recoge uno de los grandes dilemas a los que se enfrentan los profesionales de la Justicia y que supone toda una declaración de principios de Grisham. Cuenta la historia de un letrado que debe enfrentarse a la ira de un padre, cuyo hijo sufre daños cerebrales irreversibles, por culpa de un médico sin escrúpulos que salió absuelto gracias a la “buena” labor de su defensa. Las acusaciones del padre son tan demoledoras como esta:

“Su trabajo da asco, Wade, porque implica mentir, intimidar, acosar, encubrir y no mostrar la más mínima compasión por las víctimas… ¿Es esto justicia, letrado, o simplemente otra victoria judicial? Porque las dos cosas tienen poco que ver… ”

Lo dicho, Grisham en estado puro, en siete pequeñas perlas.

“EL MOMENTO EN QUE TODO CAMBIÓ” Douglas Kennedy

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“El pasado siempre explica el presente”, afirma el protagonista de esta novela. En ese pasado hay siempre un momento decisivo que cambia nuestras vidas y determina el futuro; un momento de unión o ruptura que deja una huella permanente y que es imprescindible tener presente para entendernos. Como una línea en el tiempo, o mejor, un muro simbólico que marca un antes y un después.

En esta magnífica novela de Douglas Kennedy se dan cita unos personajes intensos y creíbles, una gran historia de amor y una precisa reconstrucción de la vida a los dos lados del muro de Berlín, a principios de los 80. Este último es el gran mérito de la novela, desde mi punto de vista, y lo que más me atrajo de ella: el entorno que rodea a los personajes, la presión política del régimen comunista, la crueldad impuesta y la falta de intimidad, la agobiante sensación de sentirse espiados por ambos bandos.

A través de los recuerdos del protagonista, Thomas Nesbitt, nos trasladaremos al Berlín de 1984. Un norteamericano, escritor de libros de viajes, que llega a la capital alemana con la disposición de conocer a fondo las circunstancias de la ciudad dividida y nos ofrece impresiones minuciosas, con una narración perfectamente ambientada y colorista, rica en detalles y reflexiones. Nesbitt se aloja con un pintor irlandés, gay y drogadicto, que resulta tener una personalidad arrolladora. Un “secundario” memorable para esta novela donde se retrata el Berlín occidental más “decadente”, en contraste con lo que se percibe “al otro lado”.

 “Todos nos encontrábamos encajonados por las realidades geopolíticas y por una barrera que no podíamos atravesar. Éramos libres, pero al mismo tiempo estábamos atrapados… por una línea divisora entre ideologías”Y “en medio de la batalla ideológica… se desarrollaba eso que llaman vida cotidiana.”

Mientras tanto, desde el lado oriental, “el muro adquiría la categoría de obscenidad… símbolo del encierro y las limitaciones… un lienzo en blanco sobre el que se reflejaban los miedos y las contradicciones internas de cada uno.”

Nesbitt encuentra el reflejo de todo lo que supone vivir en ese difícil equilibrio cuando conoce a Petra Dussmann y ambos comienzan una intensa historia de amor. Ella, que ha podido pasar al lado occidental, le dará la clave de lo que sufrían a diario…

“El problema con ese lugar era que tenías que traicionar a los demás para sobrevivir. Pero al hacerlo te traicionabas a ti mismo.” En la RDA y especialmente en Berlín oriental, gracias a la Stasi, el régimen comunista se había asentado sobre “una sociedad intensamente vigilada que funcionaba según los principios del miedo y la paranoia”.

Petra es una mujer cuya tragedia iremos conociendo poco a poco, reservada y misteriosa, con un valor insuperable: “Cuando no has tenido mucha suerte en la vida, empiezas a pensar que, si algo bueno se cruza en tu camino, la vida te lo quitará.”

“¿Podré encontrar algún lugar fuera de la tristeza?”, se pregunta. Ese lugar está para ella en el amor que siente por Thomas, “una puerta de escape a todo ese horror” pero, al mismo tiempo, vive condicionada por el amor a su hijo. Un ejemplo del drama vivido por muchas familias, separadas por el muro, sin poder verse ni tocarse a pocos metros de distancia.

“Así funciona el mundo, pero es también un reflejo de nosotros mismos. Nosotros creamos las pesadillas y con frecuencia arrastramos a otros y hacemos que caigan en ellas.”

Kennedy nos deja una historia para que sigamos creyendo en los grandes amores, en el “amor eterno” a pesar de los errores, la distancia y el tiempo; una historia impresa en un momento de división que cambió muchas vidas, para que ningún dolor se olvide, pero avanzando hacia otros que llegarán…

Somos las decisiones que tomamos o como se dice en esta novela: “Somos lo que nos ha pasado”.

“DORA BRUDER” Patrick Modiano

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“Lleva tiempo conseguir que salga a la luz lo que ha sido borrado”. Y así, para construir una novela contra el olvido, Patrick Modiano emplea paciencia y precisión para levantar el velo sobre la vida de la joven Dora Bruder y de otros muchos judíos, residentes en París, que acabaron en los campos de concentración nazis. Confieso que esperaba una mayor complejidad por parte de un premio Nobel de literatura, pero lo cierto es que Modiano domina el arte de la brevedad y la exactitud, sin que nada falte, quizá porque el resto vive ya en nuestra dolorosa memoria histórica sobre el Holocausto.

A partir de un pequeño anuncio aparecido en prensa sobre la desaparición de la joven de 15 años, Dora Bruder, en diciembre de 1941, Modiano intenta reconstruir la vida de la joven y de sus padres, rastreando en los documentos oficiales, con los escasos datos que se guardan sobre los miembros de la comunidad judía en uno de los barrios pobres de París.

“Son seres que dejan poca huella tras de sí. Personas casi anónimas… Lo que se sabe de ellas se resume en una simple dirección. Y esta precisión topográfica contrasta con todo lo que se ignorará para siempre de su vida… ese vacío, ese bloque de desconocimiento y silencio”

Calles, plazas, bulevares y edificios de París también darán testimonio de los hechos; son parte de la vida de quienes estuvieron allí. “Los lugares conservan por lo menos cierta huella de las personas que los han habitado.”

La historia de Dora y el misterio de su fuga y desaparición se enlazan con la del escritor-narrador que también pisó esas calles, de modo que las dos vidas llegan a fundirse a través de ecos lejanos.

“Tengo la impresión de ser el único en establecer el vínculo entre el París de aquel tiempo y el de hoy, el único que se acuerda de todas esas minucias… Algunas noches la ciudad de ayer se me aparece con reflejos furtivos detrás de la de hoy”

El suceso determinante para la joven fue el ingreso en un centro religioso católico que acogía a miembros de familias desfavorecidas. Dora, según el testimonio de su prima, “desde muy joven había sido rebelde independiente e inquieta”. Un carácter difícil de moldear en un entorno oscuro, de recogimiento y férrea disciplina, que soporta hasta su desaparición en diciembre de 1941. Uniendo siempre pasado y presente, el escritor recuerda el vértigo de su propia fuga, de otro internado, durante su adolescencia.

“Lo que nos impulsa repentinamente a fugarnos es un día de frío y un cielo gris que nos hacen sentir más intensamente la soledad y presentir con más fuerza que una tenaza se cierra”

“(La fuga) constituye una llamada de socorro y a veces una forma de suicidio. Pero al menos se experimenta un breve sentimiento de eternidad. No solo hemos cortado los lazos con el mundo, sino también con el tiempo”

¿Qué hizo Dora durante su ausencia, que se repitió en dos ocasiones? Su paradero se desconoce, pero el escritor extiende la investigación a otras vidas, incluida la suya y la de su padre, y ahonda en otras historias comunes al resto de judíos bajo la ocupación, sometidos por el ejército alemán y la propia policía francesa.

“Y no hay salida. Pues quienes están encargados de buscar y encontrar a la gente elaboran fichas para, a renglón seguido, hacerles desaparecer definitivamente”

Finalmente sabemos el nombre de Dora y su padre en 1942 aparecen en la lista de deportados a un campo de exterminio. Solo hace falta nombrar un lugar maldito para reconstruir el horror: Auschwitz. En una novela contra el olvido, el “triunfo” de Dora será, paradójicamente, el misterio de su desaparición.

“LA GRAN MARCHA” E.L. Doctorow

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Aprovechar un suceso histórico para convertirlo en un rico y acertado análisis de la condición humana, en un mosaico de vivencias, trepidante y ameno, está en manos de muy pocos escritores. Doctorow lo logra con creces en esta novela, donde se relata la gran marcha hacia el sur del general unionista Sherman, en 1864, durante la Guerra de Secesión norteamericana. A través de Georgia y las dos Carolinas, Sherman arrastra un ejército de 60.000 hombres, unos 300 prisioneros y más de 25.000 esclavos liberados que se van sumando a la marcha, a medida que los soldados ocupan las principales ciudades sureñas.

“Saltaba a la vista que no sólo un ejército estaba en marcha, sino una civilización desarraigada, como si toda la humanidad se hubiera echado a la carretera.”

Con su mundo a cuestas, todos los dirigidos por Sherman se desplazan como “un gran cuerpo segmentado” que “lo consume todo a su paso”. “Es un organismo inmenso este ejército, con un cerebro pequeño”. Así lo define uno de los numerosos personajes que atraviesan la narración de Doctorow, recordando que la guerra “no sólo había arrasado al país, sino también todas sus presunciones sobre la autoestima humana”. El ejército se enfrenta a sangrientas escaramuzas con las pocas fuerzas que resistían en el bando confederado y deja un rastro de vacío y desolación, saqueando haciendas e incendiando ciudades.

“Les gustaba lucrarse y podían hacerlo con impunidad, porque los expolios eran cruciales para el éxito de un ejército concebido por el general Sherman para vivir de la tierra, ligero de carga”.

Un periodista inglés, que cubre la marcha, ofrece su punto de vista sobre los supuestos héroes de la Unión:

“Como hombres eran deplorablemente incultos, pero como fuerza militar era de una clase superior… Asesinos de la era industrial, en una guerra impersonalmente mortífera.”

Doctorow pone el contraste en los personajes de todo tipo y condición que desfilan por esta novela coral, a los que retrata con sinceridad y precisión en todas sus contradicciones, lo que le permite reflexionar sobre la bondad, la muerte, el instinto de supervivencia, la esclavitud o la libertad. Uno de los soldados, Stephen Walsh, consciente del horror que viven, lo reconoce así: “Este infierno, mi infierno no tiene adscripciones. Es la vida cuando no se tolera a sí misma”.

Pero el mayor contraste lo protagonizan los miles de esclavos liberados que marchan tras la protección del ejército de Sherman como si vivieran una celebración. “Estábamos prendiendo fuego al medio de vida de los negros. Pero todos alegres, charlaban y reían”, admite un oficial. La mayoría son ancianos, mujeres y niños que aún no saben cómo manejar su libertad.

“Es la esclava que aún hay en mí… Debo vigilar mis propios pensamientos: debo ser tan libre en mi alma como lo soy por ley”

Los negros en busca de un nuevo futuro conformaban “la masa más pobre y desarrapada que había visto”, dice el periodista Hugh Pryce. Y la mayoría confiaban en la protección del general Sherman que, sin embargo, los soporta como una molesta carga de la que desea librarse: “somos un ejército, no una asociación benéfica”.

Uno de los antiguos esclavos de más edad lo advierte así:

“Si deseáis que el general os proteja, es que todavía no sois libres”.

 “Puede que eso fuera la esclavitud del futuro, atar a un negro libre a sus anhelos de blanco”, afirma, por su parte, uno de los desertores.

Mientras, el soldado Walsh aconseja a la joven mulata Pearl: para ser libre “tendrás que dejar que el mundo te alcance.”

En medio del infierno, Doctorow recuerda que es precisamente allí donde más resplandece la ternura, generosidad y valentía de un personaje como Pearl, la sensatez del soldado Walsh, la locura de una madre en busca de sus hijos, la determinación del doctor Sartorius o la de la joven dama sureña que le sigue, Emily Thomson. En todos ellos queda un lugar para el amor:

“Aún el amor horrorizado era amor, y eso Dios no podía destruirlo”.

Concluida la “triunfal” marcha del ejército de la Unión y tras el asesinato del presidente Lincoln,  Sherman valora la victoria con la vista puesta en el general Grant, a través de una última y certera reflexión:

“Y por qué Grant está hoy tan solemne frente a nuestro logro si no es porque este planeta inhumano y sin sentido necesitará nuestra huella guerrera para concederle valor, y porque nuestra guerra civil, la fábrica devastadora de los huesos de nuestro hijos, no es más que una guerra posterior a otra guerra, una guerra anterior a otra guerra.”